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La Custodia

El imamato en la perspectiva coránica: las connotaciones del concepto y la necesidad de la autoridad infalible

En breve

El Corán presenta el imamato como una autoridad de guía viva e infalible, que preserva el significado de la revelación de la relatividad de la comprensión humana y lo aplica tras la partida del Profeta de un modo justo que vincula a las personas con la intención divina.

Introducción: la epistemología coránica y la crisis de la comprensión humana

El texto coránico representa, en la visión islámica, la constitución divina selladora y absoluta, que vino para sacar a la humanidad del extravío cognitivo y poner fin a la relatividad de los juicios y las opiniones humanas. Sin embargo, uno de los mayores dilemas que enfrenta el pensamiento humano al tratar cualquier texto escrito es “el dilema de la comprensión y la aplicación”; pues el texto, tan pronto desciende al mundo de la materia, queda expuesto a la divergencia de las lecturas y los razonamientos.

De aquí que la escuela teológica y filosófica chií se disponga a fundamentar la institución del no como un lujo intelectual ni como un cargo político secundario, sino como una necesidad cognitiva, epistemológica y existencial para completar el propósito divino de la guía, apoyándose en ello en la profundidad de las connotaciones coránicas y las implicaciones racionales.

1. La fundamentación coránica de la institución del imamato: la respuesta al problema del vocablo y el atributo

Algunos investigadores pueden plantear un problema aparente cuyo contenido es: “No existe una aleya explícita en el Corán que diga con su letra: seguid al Imam tal con su explicación literal”. Y la respuesta cognitiva a este problema se desmonta a través de la propia metodología del Sagrado Corán () al fundamentar los grandes conceptos; pues el Corán se apoya en muchas ocasiones en determinar los atributos, las aptitudes y las funciones del cargo divino en lugar de la denominación verbal rígida, porque el atributo permanece y es constante, mientras que el vocablo puro puede quedar sujeto a las disputas interpretativas.

El Sagrado Corán habló de la institución del imamato y de los atributos que exigen seguir a los guías después del Mensajero () a través de aleyas firmes que fundamentan esta línea integradora.

1. La esencia de la institución divina y la exigencia de la infalibilidad: la aleya de la prueba

Dice Dios, glorificado y ensalzado, en el texto firme de Su Libro:

Y cuando su Señor puso a prueba a Abraham con unas palabras, y él las cumplió, dijo: Voy a hacerte guía de los hombres. Dijo: ¿Y de mi descendencia? Dijo: Mi pacto no alcanza a los injustos. (2:124)

Desde el punto de vista teológico: la aleya fundamenta la regla de que el imamato es un rango que no se alcanza por la consulta o la elección humana, sino que es de emanación exclusiva de la voluntad divina: “Voy a hacerte”. Y la aleya establece también una condición absoluta en el Imam, que es su exención de todo tipo de injusticia: “Mi pacto no alcanza a los injustos”. Y quien fue injusto consigo mismo cometiendo un pecado, una desobediencia o una idolatría en cualquier instante de su vida sale racionalmente del círculo del merecimiento, y esta es la prueba verbal y de atributos explícita de la obligatoriedad de la infalibilidad ().

Desde el punto de vista filosófico y jerárquico: la aleya revela que el profeta Abraham () alcanzó el rango del imamato al final de su vida, después de haber sido profeta, mensajero y amigo íntimo, y tras su éxito en pruebas existenciales arduas. Y esto prueba que el imamato es un rango existencial que difiere de la profecía y del mensaje; pues es un rango de liderazgo interior y exterior que exige una perfección espiritual capaz de gestionar las almas de los seres humanos y llevarlas a sus fines perfeccionadores.

2. El criterio de la obediencia absoluta y la conexión con el mensaje: la aleya de los detentores de la autoridad

En el contexto de determinar a quiénes se debe seguir, dice el Verdadero, glorificado sea:

¡Oh, creyentes! Obedeced a Dios, obedeced al Mensajero y a los detentores de la autoridad entre vosotros. (4:59)

La obligatoriedad de la obediencia aquí vino uniendo la obediencia al Mensajero () y a los detentores de la autoridad en un solo mandato en el que se repitió el verbo imperativo: “obedeced al Mensajero y a los detentores de la autoridad”. Racionalmente, el Sabio absoluto no ordena obedecer a una persona con un mandato tajante y absoluto, paralelo a la obediencia al Mensajero, salvo que esa persona sea infalible del error y el desliz; de lo contrario, se seguiría de ese mandato la orden de desobedecer cuando el gobernante yerre, lo cual es imposible. Pues el Corán aquí determinó el atributo de “los detentores de la autoridad” con la infalibilidad total y la obligatoriedad del seguimiento absoluto, lo cual corresponde a los atributos de los Imames ().

3. La aleya de los veraces y la orden de la compañía absoluta

Dice Dios, ensalzado sea:

¡Oh, creyentes! Temed a Dios y estad con los veraces. (9:119)

El razonamiento teológico: el Corán dirige un discurso a los creyentes de toda época y lugar sobre la obligatoriedad de acompañar a “los veraces” y estar con ellos de forma absoluta, sin restricción por condición alguna. Y, siendo el mandato divino y absoluto, es racionalmente imposible que estos veraces sean de aquellos en quienes cabe la mentira, el error o la desviación; de lo contrario, Dios habría ordenado estar con el error, lo cual es feo en sí mismo e imposible respecto del Sabio. Pues la aleya establece el atributo de “la veracidad absoluta”, es decir, la infalibilidad, en un grupo en torno al cual la comunidad debe congregarse, y son los Imames ().

4. La aleya de la guía continua y la permanencia de la existencia de la prueba

Dice Dios, glorificado sea:

Tú eres solo un amonestador, y cada pueblo tiene un guía. (13:7)

La dimensión filosófica y teológica: la aleya distinguió entre dos rangos; el rango del “amonestador”, representado por la persona del Mensajero más noble (), que es el rango de la fundamentación y la legislación, y el rango del “guía”, que es quien se encarga de guiar a cada pueblo y generación tras la ausencia del amonestador. La connotación racional aquí es clara en la continuidad de la línea de la guía: “y cada pueblo tiene un guía”; pues la tierra no queda filosóficamente vacía de una prueba y un guía que preserve a las personas del extravío y vincule el mundo de la materia con el mundo de lo oculto, y es exactamente la institución del imamato continua.

5. La aleya de la autoridad y la restricción de la máxima referencia

Dice Dios, ensalzado sea:

Vuestro único protector es Dios, y Su Mensajero, y los que creen, los que cumplen la oración y dan el azaque mientras están inclinados. (5:55)

El razonamiento teológico: la partícula de restricción “único” aporta la limitación de la autoridad absoluta y de gestión de la comunidad a tres instancias conectadas: Dios, Su Mensajero () y los que creen, de entre quienes dieron el azaque en estado de inclinación, que es un atributo histórico y teológico que quedó probado en las causas de la revelación respecto del Príncipe de los Creyentes, (23 a. h.–40 h / 599–661 d. C.) (), lo cual hace de su obediencia y su seguimiento una continuación esencial de la autoridad de Dios y Su Mensajero.

2. El atolladero hermenéutico y la ineludibilidad del intérprete infalible

Al pasar de la fase del texto a la fase de la comprensión, nos enfrentamos al gran dilema hermenéutico.

La hermenéutica, en breve, es la ciencia de la interpretación y la filosofía de la comprensión de los textos, que indaga cómo influyen los trasfondos culturales, ambientales y psicológicos del intérprete en su modo de deducir el significado.

Según este concepto, el intérprete humano no infalible no lee el texto de forma pura; antes bien, entra en él cargado de un “horizonte histórico” subjetivo que se conforma de su entorno, su escuela de pensamiento, sus circunstancias políticas y sus experiencias personales. Esta proyección ineludible del intérprete sobre el texto produce necesariamente una pluralidad inmensa y una contradicción aguda en las interpretaciones, con lo que las lecturas humanas caen en la relatividad del conocimiento.

Y aquí surge el problema del no religioso o de quien impugna la autoridad del Corán, pues arguye la abundancia de estas interpretaciones y su contradicción para decir:

“Este texto se transformó de una fuente de guía y de sacar a las personas del extravío cognitivo a una fuente de fragmentación, pluralidad de opiniones y contradicción, lo cual lo convierte en un mero reflejo de razonamientos humanos relativos”.

La solución filosófica: el Imam como el Corán parlante

La escuela chií no se opone al movimiento del pensamiento y del razonamiento racional, pero recalca que no hay razonamiento ni interpretación por opinión frente a la comprensión infalible. Para salir del torbellino de la relatividad y del extravío cognitivo, la sabiduría divina exige la existencia de un intérprete infalible, libre de los caprichos y de los sesgos históricos, que posea la comprensión real que se corresponde por completo con la intención divina de las aleyas.

El noble es un texto silente, susceptible de múltiples caras entre las dos tapas, y el Imam infalible es “el trujamán infalible” y el Corán parlante que dirime la divergencia y protege el texto de la falsificación, la alteración y la interpretación ignorante.

3. Los papeles del Imam y su función en la preservación de la religión y la aplicación de la ley religiosa

Los papeles del Imam tras la partida del Mensajero más noble () se determinan en dos ámbitos principales, con la afirmación decisiva de la distinción entre los rangos de la profecía y el imamato.

1. La preservación de la religión y su explicación: sin legislación fundacional

Es preciso aclarar aquí, para evitar toda confusión: el profeta Abraham () y el Mensajero más noble Muhammad () reunieron los rangos de la profecía, el mensaje y el imamato juntos. En cuanto a los Imames de la Gente de la Casa (), son Imames, y no son profetas ni mensajeros. Con el fallecimiento del Mensajero sellador (), se interrumpió la revelación legislativa y terminó por completo el tiempo de fundamentar los juicios universales y las leyes nuevas.

El papel del Imam no es crear una religión nueva, sino preservar la ley religiosa selladora de la alteración y explicar sus puntos oscuros. Pues el Profeta () fundó el edificio y lo explicó, y los Imames () son los guardianes infalibles designados para perpetuar este edificio y custodiar sus límites cognitivos frente a las corrientes y los caprichos cambiantes a través de las épocas.

2. La aplicación justa de la ley religiosa y la administración de la sociedad

El segundo papel es el liderazgo y la aplicación efectiva de los juicios divinos en la realidad de la vida social y política. La ley religiosa () pone los marcos y las líneas generales, y su aplicación al detalle, sin injusticia ni desviación, requiere un líder que posea perfección en la justicia y el saber. El Imam es el eje central en torno al cual se congrega la comunidad para que se unifique su rumbo espiritual y material, realizando con ello el fin supremo del envío de los mensajeros y la construcción de las sociedades virtuosas.

4. El rechazo de “la equivalencia horizontal” en el pensamiento islámico

El error cognitivo e histórico grave en el que cayeron las lecturas contemporáneas es situar las opiniones y las lecturas de los Imames de la Gente de la Casa () en un plano horizontal, es decir, en paralelo, con las demás opiniones y razonamientos humanos, y presentar la cuestión como si hubiera escuelas múltiples: las cuatro escuelas suníes y, en paralelo a ellas, la escuela yafarí chií.

Desde la perspectiva de la filosofía del imamato y de la fundamentación coránica, el dicho de la Gente de la Casa () no es un razonamiento sectario humano que admite el error y el acierto frente a otro razonamiento sectario; antes bien, es la continuación infalible y pura de la sunna del Profeta (). Ellos representan el fundamento normativo fijo y la fuente protegida a la que se someten el resto de las lecturas y los razonamientos para conocer su grado de correspondencia con la revelación, y no son un pilar sectario equivalente a lecturas regidas por circunstancias ambientales e históricas determinadas.

Conclusión

La razón y la filosofía teológica, al contemplar las aleyas del Libro sabio, concluyen que la institución del es una necesidad que exige la gracia divina con su sabiduría. Pues el Libro que se quiso que fuera guía y constitución eterna para los seres humanos exige, por necesidad filosófica, la existencia de una prueba viva e infalible que lo interprete con su realidad y lo aplique con su justicia, para que sea el eje del molino y el criterio fijo que impide que la comunidad se divida y caiga en la trampa de la dispersión de las opiniones y la relatividad de la comprensión humana.

El Libro que se quiso que fuera guía y constitución eterna para los seres humanos exige, por necesidad filosófica, la existencia de una prueba viva e infalible que lo interprete con su realidad y lo aplique con su justicia.