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El Puente

La profecía y el mensaje: la mediación existencial y el canal de la guía divina

En breve

La profecía y el mensaje son una necesidad existencial y cognitiva; pues la sabiduría del Creador y la necesidad que tiene el ser humano de la guía exigen la existencia de una mediación infalible que traslade al ser humano de la perplejidad al camino de la perfección.

Introducción: en torno a la primera pregunta existencial

El ser humano se distinguió del resto de los seres por poseer una autoconciencia que rebasa la dimensión puramente biológica; pues es un ser «que inquiere», que se halla bajo el peso de una inquietud cognitiva permanente que lo empuja de manera irremediable a buscar respuestas decisivas a tres grandes preguntas que determinan la verdad de su existencia: ¿de dónde? ¿en dónde? ¿y hacia dónde? (el principio, el fin y el destino).

El intento de responder a estas preguntas condujo a la humanidad, a lo largo de la historia, a formular vías diversas; sin embargo, la razón demostrativa pura, al seguir sus premisas rigurosas, revela la ineludibilidad de la existencia de una línea cognitiva y un canal de comunicación que comienzan en el Creador y descienden a la criatura. Esta línea existencial es lo que denominamos “la profecía y el mensaje”, en tanto que la mediación necesaria para realizar el fin de la creación y sacar al ser humano de los límites de su perplejidad y de su deficiencia natural al horizonte de la guía completa.


1. La prueba de la obligatoriedad del mensaje (la necesidad del ser humano y la gracia divina)

La razón parte, en la prueba de la necesidad del mensaje y del envío, de un juicio lógico que vincula «la sabiduría del Hacedor» con «la deficiencia de la criatura», y se manifiesta en dos vías principales:

1. La prueba de la sabiduría y el fin (la negación de la vanidad)

  • La primera premisa: quedó probado por la prueba filosófica que Dios, glorificado y ensalzado, es sabio absoluto, y del sabio no emana la vanidad, de modo que todo acto de Sus actos encierra necesariamente un fin y un objetivo.

  • La segunda premisa: el fin de la creación del ser humano es el llegar a su perfección cognitiva y ética, y la obtención de la felicidad eterna fundada en el conocimiento del Verdadero, el Creador, y en Su adoración.

  • La tercera premisa: la razón humana, aunque percibe los universales de las cosas (como la bondad de la justicia y la fealdad de la injusticia), es deficiente e incapaz por sí sola de conocer los detalles del camino que conduce a la perfección, y de atravesar el muro de la muerte para conocer lo oculto, el destino y el modo de acercarse a Dios.

  • El resultado: si Dios dejara a los seres humanos sin orientación, les sería imposible llegar al fin para el que fueron creados, y ello sería una contravención del propósito del Creador que conduciría a la vanidad de la creación, lo cual es imposible respecto del Sabio. Por ello, la razón hace obligatoria la existencia de un mensaje divino que aclare los hitos del camino.

2. La prueba de «la unidad de la fuente» y el rechazo del caos de las religiones positivas

La verdad existencial es una, no se multiplica; pues el universo se construye sobre un orden de diseño unificado y preciso. Y, dado que «el fin de la creación» depende de la voluntad del Hacedor y no de la del hecho, la única instancia habilitada para aclarar este fin es el Creador mismo.

Y, si el asunto se dejara a los seres humanos para que formularan sus ritos y sus teorías en torno al fin de la existencia, cada individuo legislaría conforme a su capricho, sus ilusiones y su narcisismo, lo cual conduciría a una relatividad mortal y a un caos cognitivo arrollador en el que Dios se convertiría en una idea fabricada a la medida del humor humano. Por ello, la sabiduría divina hizo obligatoria la existencia de una fuente oficial única y decisiva que represente la palabra del Creador de forma directa, con la que se interrumpa la perplejidad de las mentes y se unifique el rumbo.


2. La profecía en la balanza de la filosofía

La profecía y el mensaje no fueron una mera idea teológica transmitida, sino que fueron el eje de indagación de los grandes filósofos de la historia, que analizaron su esencia en tanto que un puente entre el mundo de lo oculto y el mundo de lo presenciado.

1. Los filósofos griegos

Pese a no ser contemporáneos de un mensaje monoteísta abrahámico en sentido estricto, los polos de la filosofía griega indagaron con profundidad en el mecanismo de la recepción de la sabiduría superior y en la mediación existencial para la guía de la humanidad.

Platón (hacia 427–347 a. C.)

Platón sostiene, en sus diálogos “La República” y “Las leyes”, que el sabio o el legislador inspirado es la persona que puede liberarse de “la caverna de la materia” y elevarse con su espiritualidad y su razón al mundo de las ideas, es decir, el mundo de las verdades absolutas y eternas, para luego regresar y ser una mediación de guía y de organización de la ciudad virtuosa.

Y en el diálogo “Timeo” plantea la idea de que el receptor de la inspiración divina atraviesa un estado de “elección y anonadamiento espiritual” que le permite ser algo así como un “intérprete” (Hermeneus) de la voluntad del cielo y hacerla descender en leyes que protejan a los seres humanos y enmienden sus almas.

Plotino (hacia 204–270 d. C.) y el neoplatonismo

Plotino fundó la teoría de “la efusión cósmica”, pues sostiene que la existencia mana y fluye de “el Uno primero” (The One) de forma gradual a través de los intelectos y las almas universales. Y en esta escuela se considera a los profetas y a los grandes sabios como las almas humanas raras y dispuestas que poseen un “imán espiritual” que atraviesa los velos de la materia oscura para recibir la efusión luminosa directamente del intelecto universal, y luego reemiten esta luz en forma de enseñanzas y guía para los seres humanos ordinarios velados por la densidad de la materia.

2. Los filósofos occidentales

En la época moderna y contemporánea, los filósofos de Occidente indagaron la profecía como herramienta histórica y ética para vincular el Absoluto (Dios) con lo relativo (el ser humano).

Gottfried Leibniz (1646–1716 d. C.)

Leibniz sostiene que Dios depositó en la razón humana verdades éticas e innatas, pero que las emociones desbocadas y las pasiones materiales ciegan las mentes del común respecto de ellas. Y aquí surge la función de la profecía y el mensaje en Leibniz como un “acelerador y despertador histórico”; pues el profeta es la mediación que ofrece la guía y la advertencia racional en un molde claro y conciso, con lo que ahorra a la humanidad miles de años que habría pasado en el tanteo empírico para llegar a las leyes éticas fundamentales.

Johann Fichte (1762–1814 d. C.)

Fichte estudió el fenómeno de la profecía desde el ángulo del “genio espiritual”, y consideró al profeta una figura central que posee una sensibilidad absoluta y excepcional hacia “la voluntad divina y ética”. El profeta, para él, no es un mero transmisor cognitivo, sino que es una energía motriz y una mediación existencial que se entrega a sí misma y cuya conciencia se desliga por completo de los intereses personales estrechos, para convertirse en una encarnación viva de la ley ética suprema, capaz de sacudir a las sociedades y sacarlas de su estado animal hacia la elevación espiritual.

Samuel Coleridge (1772–1834 d. C.)

Coleridge y los filósofos de la escuela espiritual distinguieron entre dos rangos de la conciencia: “el entendimiento lógico estrecho” (Understanding), común a los seres humanos, y “la razón universal y abarcadora” (Reason), que es la clarividencia penetrante. Y Coleridge sostiene que el profeta es la mediación más sublime de la guía porque goza de esta “razón universal” en la cima de su pureza, lo cual lo hace capaz de ver la unidad latente tras la naturaleza y de conectarse con el Creador, para luego formular esta visión abarcadora en forma de enseñanzas y relatos acordes con la percepción de los seres humanos ordinarios.

3. Los filósofos musulmanes

Los filósofos musulmanes elevaron la teoría de la profecía a la cima de la madurez demostrativa, interpretándola filosóficamente a través de la estructura de la metafísica y la ontología de la existencia.

Y hay que advertir aquí, primero, de que “la razón” en el término filosófico suyo no significa el sentido corriente y difundido, es decir, el mero pensamiento, los cálculos mentales o la inteligencia cotidiana humana, sino que la razón para ellos es “una sustancia abstracta y una luz existencial que subsiste por sí misma, que se eleva por encima de la materia y representa una fuente de las verdades universales y existenciales”.

Al-Farabi (260–339 h / 872–950 d. C.)

Al-Farabi es considerado el que puso la piedra fundamental de la teoría filosófica de la profecía; pues sostiene que el profeta es “el jefe de la ciudad virtuosa” por merecimiento existencial. Pues el profeta se conecta con “el intelecto agente”, que es la sustancia espiritual luminosa que media entre el mundo de las cosas separadas y el mundo de la tierra, mediante dos facultades: su facultad racional, que alcanza el rango del “intelecto adquirido”, que es el más alto grado de la abstracción racional, donde el alma se convierte en un espejo pulido que se une a las verdades superiores; y su facultad imaginativa extraordinaria, que emula los significados abstractos en imágenes visuales y auditivas; y con ello el profeta es el canal existencial que traduce las verdades de lo oculto en una ley religiosa que guía al común.

Ibn Sina (370–428 h / 980–1037 d. C.)

Ibn Sina profundizó este planteamiento demostrando la ineludibilidad de la profecía social y existencialmente. Pues el ser humano no puede vivir sin una convivencia civil, y la convivencia necesita una ley (ley religiosa), y la ley necesita un legislador. Este legislador ha de distinguirse de los seres humanos por “la razón santa”, que no es una inteligencia ordinaria, sino una facultad existencial superior y una luz divina que se derrama sobre el alma, permitiéndole al profeta “la intuición de las verdades universales” y el llegar a los resultados cognitivos de una sola vez, en un abrir y cerrar de ojos, sin necesidad de un aprendizaje humano ni de ordenar silogismos lógicos temporales, para que la efusión de la guía descienda de Dios a través de la razón del profeta hacia la humanidad.

Al-Suhrawardi (549–587 h / 1154–1191 d. C.) (autor de la filosofía de la iluminación)

El Sheij Shihab al-Din al-Suhrawardi sostiene que la profecía es la cima de “la divinización y la iluminación lumínica”. La razón, para él, es una luz abstracta, y el profeta es la persona cuya alma se liberó del crepúsculo de la materia y sus tinieblas, de modo que resplandecieron en su corazón las luces de “las luces dominantes” y del mundo del reino celestial. Pues el profeta, para él, es el sabio divinizado que reúne la prueba racional rigurosa y la contemplación iluminativa directa, para ser la mediación de la luz que disipa las tinieblas de la ignorancia en el mundo de la creación.

Ibn Arabi (560–638 h / 1165–1240 d. C.) (autor de la escuela de la gnosis filosófica)

El Gran Sheij es considerado el verdadero fundador del concepto del “ser humano perfecto” en su fondo filosófico y existencial. Pues el ser humano perfecto (), para él, no es una mera persona “recta o de conducta pulida éticamente” en el sentido cercano, sino que es “el cosmos abarcador y la copia sintetizada de toda la existencia”; pues es el único ser que mereció ser un espejo en el que se manifiestan “todos los nombres y atributos divinos”. La profecía y el mensaje, para Ibn Arabi, son la manifestación de esta determinación; pues el profeta es el ser humano perfecto que representa el istmo y la mediación absoluta entre el Verdadero (el Creador) y la creación (las criaturas), y, de no ser por él, no se sostendría el sistema de la efusión y la guía en este mundo.

Mulla Sadra (979–1050 h / 1571–1640 d. C.)

En la escuela de “la filosofía trascendente” (), Mulla Sadra fundió estas visiones demostrando que el profeta es “el ser humano perfecto” que recorrió las etapas del itinerario y del comportamiento existencial a través de “los cuatro viajes racionales”. Pues, tras viajar con las verdades de la creación al Verdadero, regresa en su último viaje del Verdadero a la creación con el Verdadero, transmitiendo la revelación y la legislación. Pues el profeta, para él, representa la cima de la evolución y la intensificación existencial del ser humano, donde su razón y su alma se unen con el mundo superior en una unión real, de modo que su interior se vuelve celestial y abstracto y su exterior humano y material, y sus actos y sus legislaciones se convierten en una extensión directa de la efusión divina y de su guía para perfeccionar las almas humanas deficientes.


3. La verdad de la distinción existencial del mensajero (el desmontaje de la ilusión del “cartero”)

Advertencia metódica y conceptual: conviene señalar con precisión, antes de entrar en los detalles de este capítulo, que el análisis filosófico y demostrativo aquí no gira en torno a la persona del Profeta Muhammad () en concreto ni se restringe a él como suceso histórico personal, sino que la indagación se centra fundamentalmente en “la institución de la profecía y el rango del mensaje” como rango existencial y canal de comunicación general entre el Creador y la criatura.

Este rango existencial de “la mediación” no es un rango rígido ni igualado; pues en todos los profetas y mensajeros se reunieron los atributos y las aptitudes esenciales que determinan la institución de la profecía, pero sus rangos y sus posiciones existenciales son diferentes conforme a la naturaleza de la gradación filosófica; pues es una verdad gradual cuyos grados varían en fuerza e intensidad en la cercanía y la perfección cognitiva y existencial de un profeta a otro. Y en esta gradación existencial, la perfección humana alcanzó su cima elevada y sus manifestaciones absolutas más completas, sobre las que no hay rango, en la persona del Mensajero supremo y sellador (), de modo que él fue el referente más alto y el modelo más perfecto de este rango general.

Y uno de los errores cognitivos difundidos y de las desviaciones superficiales en que caen algunas lecturas —que no se limitaron a los planteamientos no religiosos, sino que se filtraron y cayeron incluso en la conciencia de muchos de quienes proclaman su seguimiento del Mensajero, e incluso de quienes fueron contemporáneos y compañeros suyos en el tiempo y el lugar y vivieron con él— es imaginar que el Mensajero es una mera “persona del todo ordinaria” desde el punto de vista existencial y racional, a quien Dios eligió solo por un atributo ético abstracto, el ser “quien no miente”, y que su misión se restringe a recibir el mensaje y transmitirlo con una neutralidad árida como la del “cartero”, que porta una carta cuya esencia no comprende y que no influye en el fundamento de su ser.

Esta comprensión deficiente no es producto de la época moderna, sino que es la extensión de una deficiencia histórica antigua; pues el Sagrado Corán está lleno y se basa en buena parte en el relato de las historias de los pueblos que trataron a sus profetas con esta ligereza y esta ignorancia del rango, sin ninguna estima de su posición existencial, de modo que se atrevieron contra ellos, los superaron con su comprensión, su conocimiento y su mera experiencia de la vida, considerándolos meros seres humanos advenidos que se les asemejan en las herramientas de la percepción.

Y esta confusión cognitiva surge de no distinguir entre “la humanidad aparente” del profeta como cuerpo regido por las leyes de la materia que se mueve en la órbita de la vida cotidiana, y “la verdad existencial infalible” que lo habilita para ser un istmo firme entre el Absoluto y lo relativo.

Y, para desmontar esta ilusión, la razón demostrativa dictamina que el papel de la mediación divina requiere necesariamente unas características intrínsecas superiores que rebasan la mera integridad ética simple en su concepto vulgar, y que se manifiestan en tres dimensiones detalladas:

1. La distinción existencial y corporal (la autoridad existencial)

El alma del mensajero no es como las almas del resto de los seres humanos, regidas por completo por las naturalezas de la materia y sus leyes; antes bien, es un alma que alcanzó de la fuerza lumínica y la pureza espiritual un rango al que la materia externa se somete y se doblega ante su voluntad.

Y para aclarar este asunto y explicarlo filosóficamente: Ibn Sina, y con él Mulla Sadra, sostienen que el alma humana ordinaria fue dotada de un poder y una influencia acotados; pues no puede gestionar, mover ni influir sino en su propio cuerpo (como mover la mano o querer caminar). En cuanto al alma del mensajero, y a causa de su intensificación existencial y su pureza superior, el espacio de su influencia rebasa los límites de su propio cuerpo para conectarse con la fuerza superior, de modo que se vuelve capaz de influir directamente en la materia de este vasto universo y en sus elementos con el permiso de Dios.

Esta extensión influyente del alma es la hondura filosófica con la que estos dos filósofos explican la ocurrencia de los milagros; pues no son un mero espectáculo fuera del sistema, sino que son un efecto directo del dominio de un alma superior perfecta que rebasó los límites del poder de los seres humanos ordinarios, de modo que Dios le concedió el poder de controlar los fenómenos de la materia y de amoldarlos, para que ello sea un certificado que indique la veracidad de la embajada y de la guía.

2. La distinción racional y cognitiva (la razón santa y la intuición instantánea)

Los seres humanos ordinarios adquieren su conocimiento mediante herramientas deficientes: los cinco sentidos, luego la abstracción racional sujeta al error, y el aprendizaje gradual (las premisas y luego los resultados). En cuanto al mensajero, posee un rango racional excepcional que se denomina filosóficamente “la razón santa”.

Esta razón se distingue por la intuición instantánea directa; pues no necesita un maestro humano, ni ordenar silogismos lógicos que se extiendan en el tiempo. La conciencia del mensajero se conecta con “el intelecto agente” oculto, de modo que se graban en ella los conocimientos y las verdades cósmicas, universales y particulares, de una sola vez, en un abrir y cerrar de ojos, y con los más altos grados de certeza y claridad cognitiva. Es una razón abarcadora, que atraviesa el tiempo y el espacio, edificada para ser una fuente del saber, no un consumidor de él.

3. La distinción anímica y la imaginación superior (la formulación de la revelación en imágenes)

El cartero transmite un texto que puede no comprender, mientras que el mensajero es el traductor y el mayor comprendedor. El mayor reto en el mensaje es: ¿cómo se transmiten las verdades divinas abstractas e infinitas a mentes humanas finitas y veladas por la materia?

Aquí surge la fuerza anímica y la imaginación extraordinaria del mensajero. Pues recibe la revelación () de forma conceptual y abstracta en el rango de su razón, y luego su imaginación superior y pura, que no la enturbian ilusiones ni inclinaciones anímicas, “traduce y transforma” estos significados superiores elevados en imágenes, sonidos, parábolas, relatos y un lenguaje elocuente milagroso, como la visión del ángel y la audición del discurso.

Esta capacidad elocuente y anímica es la herramienta de la guía multitudinaria; pues, de no ser por esta imaginación superior del mensajero, las ciencias de lo oculto permanecerían abstractas y aisladas, y sería imposible guiar y orientar al común de las criaturas.

El resumen del resultado: el mensajero es “el ser humano perfecto” que Dios eligió porque su estructura existencial —racional, anímica y de constitución— es la única habilitada y dispuesta para portar el peso de la manifestación divina y del discurso oculto. Él representa “el istmo de los istmos” y el puente existencial ineludible; para que la guía descienda del mundo de la divinidad y del reino celestial, y se formule en un molde humano capaz de conducir al ser humano hacia su fin existencial.


4. ¿Por qué el mensajero ha de ser humano? (la prueba de la homogeneidad y del modelo)

Tras probar la necesidad del canal cognitivo y las características excepcionales de la persona del mensajero, la razón impone la pregunta del molde de encarnación externo de su portador: ¿por qué el Creador eligió al portador del mensaje del género de los seres humanos, en su apariencia, y no lo hizo un ser oculto como el ángel?

1. La prueba de la posibilidad y la imitación (el modelo práctico)

El fin del mensaje no es lanzar textos áridos, sino convertirlos en un modelo aplicado en la realidad de la tierra. Si el mensajero fuera un ángel que no siente hambre, ni desea, ni se cansa, ni enferma, los seres humanos tendrían por fuerza que objetar diciendo:

«Tú haces esto porque eres un ángel luminoso; en cuanto a nosotros, somos seres humanos regidos por las pasiones corporales y los puntos débiles materiales».

El que el mensajero sea humano en el molde de su vida cotidiana —que tiene paciencia, perdona, combate su instinto y sufre— prueba práctica y racionalmente que el método divino y sus legislaciones son del todo aplicables dentro de los límites del poder humano, y con ello cae la excusa y se realiza el fin del envío, que es el modelo y la imitación.

2. La prueba de la comunicación cognitiva (la afinidad)

La recepción y la comprensión requieren una homogeneidad y una afinidad entre el emisor y el receptor. La naturaleza angélica luminosa pura rebasa la capacidad del aparato sensorial y nervioso de los seres humanos ordinarios, y verla en su verdad causa el impacto y el pasmo fulminante que impide la conciencia y la comprensión.

Para que los seres humanos se tranquilicen, escuchen y comprendan el discurso sin espanto ni asombro que aturda las mentes, la razón hizo obligatorio que el portador del mensaje les fuera afín en el género y en la apariencia; que coma alimento y camine por los mercados, mientras que su interior permanece conectado con el reino celestial.


5. La adoración de recepción autorizada y la ineludibilidad de la ley unificada

Sobre la base de lo anterior, el objetivo del mensajero y del mensaje es realizar el fin de la creación, que es el conocimiento de Dios. Y, para que este conocimiento se traduzca en conducta y se realice la perfección, es imprescindible la adoración. Y aquí surge una regla racional y gnóstica profunda:

«No conoce el camino sino quien cruzó y llegó, no quien está parado en los comienzos».

Los seres humanos, al inicio de su itinerario, están velados por la materia, la ignorancia y los comienzos del conocimiento sensorial, mientras que el mensajero es aquel a quien Dios rasgó los velos de la materia con la revelación, de modo que «cruzó y llegó» y presenció la verdad del sistema existencial. Y, dado que la adoración es la proclamación de la sumisión al adorado, si el ser humano la inventara por sí mismo, en verdad estaría adorando su capricho, sus concepciones mentales limitadas y lo que desea; por ello, la adoración ha de ser «de recepción autorizada» en el modo y la estructura que diseñó el Hacedor, conocedor de los secretos del alma y de su bien, y que se lo hizo saber a Su mensajero confiado.

Y para que este «catálogo» cognitivo y devocional permanezca a través de las generaciones y los siglos sin extinguirse en el caos de las narraciones orales ni exponerse a la alteración con el transcurso del tiempo ordinario, la sabiduría divina dictaminó verterlo en un molde de ley escrita, unificada y fija en su letra y su significado por Dios, para que sea una constitución superior absoluta a la que todos se sometan y con la que se unifique el rumbo, lo cual se encarnó en los libros celestiales y los mensajes respaldados por el milagro intrínseco, para ser el certificado permanente y continuo de la veracidad de la mediación y de la preservación de la herramienta de la guía.


Conclusión

Fundándose en lo anterior, este estudio demostrativo y filosófico abarcador concluye que la profecía y el mensaje no son un mero opción religiosa ni un suceso histórico pasajero, sino que son una necesidad existencial y cognitiva absoluta que exige la sabiduría del Hacedor y hace obligatoria la necesidad de la criatura.

El mensajero no es un mero transmisor mecánico ni un “cartero” elegido solo por su veracidad ética, sino que es “el ser humano perfecto” () y la mediación más completa en la que se encontraron y se integraron los más altos rangos de la razón santa y la distinción existencial con la efusión de la revelación divina; para convertirse en el canal transmisor singular que traslada a la humanidad de las tinieblas de la ignorancia y la deficiencia de la razón natural a las luces de la guía y la perfección.

Pues con el mensaje se unifica el rumbo de las mentes, con la humanidad del mensajero se realiza el modelo práctico, y con la ley de la verdad unificada se rechaza el caos de los caprichos y las inclinaciones positivas, para que se realice, al final, el fin verdadero y sublime de la creación.

El mensajero no es un mero transmisor mecánico, sino que es el ser humano perfecto y la mediación más completa a través de la cual desciende la guía divina al mundo del ser humano.