Un viaje de razón, fe y verdad

Un camino de investigación de la A a la Z

Una hoja de ruta lógica, paso a paso, para abordar las enseñanzas islámicas con racionalidad, claridad y propósito.

El Origen

Los atributos del Ser Necesario: estudio racional de la perfección de la esencia y del monoteísmo

En breve

La razón infiere necesariamente los atributos del Creador: uno sin ser uno numérico, simple sin partes, y sus atributos son idénticos a su esencia.

Introducción

Después de que la razón humana se afirma en la necesidad de la existencia del «Ser Necesario», la Primera Causa que no depende de otra causa que la gobierne y que derrama la existencia sobre todos los posibles, se encuentra impulsada por su curiosidad epistémica y por sus leyes lógicas ante una pregunta más profunda y más viva: ¿cuáles son los atributos y rasgos existenciales y de perfección que, desde el punto de vista de la lógica pura, debe poseer esta existencia necesaria?

En la perspectiva filosófica integral, a lo largo de la historia del pensamiento humano —ya sea en Aristóteles (384–322 a. C.) en sus investigaciones sobre el Primer Motor, en Ibn Sina (370–428 h / 980–1037 d. C.) en sus tesis de trascendencia, o en René Descartes (1596–1650 d. C.) y John Locke (1632–1704 d. C.) en la filosofía occidental moderna—, los atributos del Creador no son afirmaciones trascendentes aisladas de la demostración, sino conclusiones necesarias que la razón impone con rigor.

La regla que gobierna aquí es: «todo atributo que indique carencia, necesidad o determinación estructural debe negarse del Ser Necesario, tanto en el pacto como en la razón; en cambio, todo atributo que indique una perfección existencial pura debe afirmársele». Si la Primera Causa es autosuficiente de manera absoluta en sí misma, sus atributos deben reflejar esa autosuficiencia absoluta y esa plena actividad.


1. La naturaleza de la unidad y la negación de la pluralidad numérica

Cuando la razón filosófica concluye que el Creador es «uno», la primera obligación lógica exige desmontar el concepto de «uno» y purificarlo del entendimiento sensible común familiar en el mundo de la materia, los números y las matemáticas aplicadas. Es un problema que atravesó momentos decisivos en la historia de la metafísica:

a. Negación de la unidad numérica (rechazada en el pacto y en la razón)

La unidad, en el caso del Ser Necesario, no es una «unidad numérica», como cuando decimos en nuestro mundo visible: un solo sol, un solo planeta o un solo libro. El uno numérico es siempre un ser que cae dentro de una multiplicidad y admite repetición y unión por su naturaleza conceptual, de modo que la razón puede suponer otro uno junto a él para formar el número dos.

Lo que admite repetición, dualidad y pluralidad —aunque no se repita de hecho en la realidad exterior— es necesariamente un ser limitado por límites, estructura y distinción geométrica que lo separa de otro supuesto. Y puesto que todo lo limitado es un ser deficiente y necesitado de lo que lo limita y refrena su existencia en ese borde, la unidad numérica no conviene racionalmente a la Primera Causa, rica de manera absoluta.

b. Afirmación de la unidad verdadera (establecida racionalmente)

En lugar del concepto numérico, los filósofos y los teólogos afirman para el Creador lo que se conoce como la «unidad verdadera» o pura. Es la unidad que significa la realidad infinita de la que es racionalmente imposible suponer un socio, un par o un semejante en su rango existencial. Es uno no solo porque no existe un segundo en la realidad, sino porque no admite la formulación de un «segundo» en el rango del entendimiento y del análisis lógico.

Para aproximar este concepto complejo, puede mirarse el concepto de «infinitud absoluta» en la abstracción matemática y filosófica; no es racionalmente posible suponer «dos infinitudes absolutas» distintas e independientes entre sí, porque una de ellas terminaría necesariamente en los límites de la otra y comenzaría a refrenarla, lo que las convertiría en limitadas y finitas de inmediato. El Ser Necesario es uno porque no está limitado por límites de esencia o de lugar, y lo que no tiene límite abarca toda la existencia sin repetición, división ni dualidad.

  • Las raíces primeras (la escuela eleática): el antiguo filósofo griego Parménides de Elea (c. 515–450 a. C.) fue el primero en formular racionalmente el concepto del «Uno absoluto» y negarle la pluralidad, seguido por su discípulo Zenón de Elea (c. 490–430 a. C.), que elaboró sus famosas paradojas matemáticas para demostrar que afirmar una «pluralidad numérica» en el origen de la existencia conduce a contradicciones lógicas sin salida.
  • El neoplatonismo: en el siglo III d. C., el filósofo Plotino (c. 204–270 d. C.) llevó esta abstracción a su cumbre en su obra Las Enéadas, estableciendo la teoría del «Uno puro» (The One) como origen de los existentes, e insistiendo en su completa trascendencia respecto de la unidad numérica, porque el número es multiplicidad y división.
  • La filosofía islámica: esta investigación pasó al pensamiento islámico y sus términos se perfeccionaron con precisión; al-Kindi (c. 185–256 h / c. 801–873 d. C.) fue el primero en distinguir en su libro La filosofía primera entre el «uno verdadero» y el «uno por metáfora» (el numérico), y Ibn Sina profundizó hasta llevar este concepto a su estabilidad lógica final mediante la distinción decisiva entre dos modos:

2. La simplicidad de la esencia y la negación de la corporeidad y la composición

La propiedad de la «composición» es una de las características más propias de la materia y de los rasgos más profundos de los seres originados, y conduce a la razón, con necesidad rigurosa, a trascender al Creador de toda apariencia de materialidad o fragmentación.

Primero: el significado filosófico de la simplicidad

La palabra «simple» en la terminología filosófica y lógica es el opuesto exacto del concepto científico de «compuesto», y no tiene en absoluto el sentido corriente que indica ingenuidad o poca complejidad. El «compuesto» es todo lo que se forma de partes que preceden a su existencia, ya sean partes materiales exteriores como células, átomos y protones, o partes analíticas intelectuales como la esencia y la existencia, o el género y la diferencia en la lógica aristotélica. En cambio, lo «simple» es la realidad pura y concentrada que no se fragmenta, no se divide y no admite pluralidad alguna en su constitución.

Segundo: la prueba racional de la simplicidad y la negación de la corporeidad

Todo cuerpo en el cosmos material es necesariamente un ser compuesto de partes geométricas o físicas, y necesita automáticamente un espacio (lugar) en el que habite y un proceso (tiempo) por el que pase y cambie de estado. Según las tesis de los filósofos peripatéticos y de la sabiduría tardía, hay una prueba decisiva basada en la «necesidad de la dependencia» para refutar la composición de la esencia necesaria:

Todo compuesto necesita siempre, en su existencia y en su realización exterior, de las partes de las que se compone; el todo no existe sino por la parte, y las partes son necesariamente anteriores a la cosa compuesta en rango y en tiempo (el automóvil necesita sus partes —motor y ruedas— para llamarse automóvil, y sus partes le son anteriores en existencia). Si las partes se deshicieran o faltara una, el todo dejaría de existir y el compuesto desaparecería por completo.

Y puesto que el Ser Necesario es rico de manera absoluta en sí mismo, y no puede, según la razón, padecer dependencia o necesidad de nada anterior o coexistente, es absolutamente imposible que sea compuesto de partes. La consecuencia lógica inevitable de la prueba de la simplicidad es: mientras el Creador es simple y no tiene partes, está completamente trascendido de la «corporeidad», la forma, la imagen, el lugar y el tiempo, porque estos accidentes materiales son consecuencias de lo necesitado y lo limitado, y el Ser Necesario está trascendido de la dependencia y la limitación.


3. La realidad de los atributos y su identidad con la esencia (el significado de «idéntico a la esencia»)

Si la razón afirma para el Creador perfecciones existenciales como el conocimiento absoluto, el poder pleno y la vida eterna, ¿cómo se reúnen estos atributos múltiples en una sola esencia simple sin que conduzcan a su fragmentación y a la ruptura de su simplicidad? Aquí surge uno de los problemas más profundos de la metafísica: la relación entre los atributos y la esencia.

Primero: negación de que los atributos se añadan a la esencia

Si se dijera —como sostuvieron algunas escuelas teológicas, como los asharíes— que el «conocimiento» o el «poder» son atributos independientes antiguos añadidos a la esencia del Creador y que residen en ella (es decir, que hay una esencia y un conocimiento adherido a ella), la simplicidad de la esencia quedaría completamente anulada y la razón caería en el problema de la composición; pues el Ser divino sería, en el análisis lógico, compuesto de (esencia + atributo de conocimiento + atributo de poder). Además, esta tesis conduce a la hipótesis de que la esencia estuvo en un rango sin estas perfecciones y luego las adquirió o las recibió, lo cual es un cambio e imposible en el Ser Necesario absoluto y puro.

Segundo: la identidad de los atributos con la esencia

La solución racional luminosa que formularon los filósofos musulmanes (como Ibn Sina, seguida por los mutazilitas en teología, y perfeccionada por Mulla Sadra, 979–1050 h / 1571–1640 d. C., con una prueba) es que los atributos esenciales del Ser Necesario son «idénticos a su esencia». La esencia suprema del Creador es ella misma el conocimiento, ella misma el poder, ella misma la vida. No hay en la realidad exterior entidades múltiples distintas, sino una sola realidad absoluta infinita que la razón humana limitada —por sus instrumentos conceptuales insuficientes— analiza en conceptos múltiples, por su incapacidad de abarcar la esencia infinita con una sola expresión humana.

Para aproximar el concepto de manera sencilla: si contemplamos la realidad del «fuego» o de la «masa incandescente del sol», la encontramos a la vez caliente, luminosa y ardiente. El calor y la luz no son dos partes materiales separadas fabricadas por separado y luego adheridas al cuerpo del fuego; la realidad del núcleo del fuego encendido es ella misma el calor y ella misma la luz. Esta multiplicidad es conceptual y considerativa en nuestras mentes conscientes; en la realidad exterior, la cosa es una sola realidad simple. Así son los atributos del Ser Necesario: omnisciente por una esencia que es el conocimiento, omnipotente por una esencia que es el poder; es todo conocimiento, todo poder y toda vida.


4. La distinción lógica entre atributos de la esencia y atributos de la acción

Para eliminar cualquier contradicción aparente al describir al Creador con acciones cambiantes, originadas o renovadas en el mundo del tiempo y la materia (como cuando decimos: hoy sustentó a fulano con alimento, o ayer creó tal ser), los filósofos y los teólogos dividieron los atributos, de manera operativa y lógica, en dos grupos principales según la relación del atributo con la esencia eterna o con la acción exterior:

Primero: atributos de la esencia (absolutos y eternos en potencia)

Son los atributos existenciales elevados que se afirman de la esencia divina con solo suponer su existencia, sin necesidad de imaginar o suponer la existencia de ninguna criatura, ser o acción en el mundo exterior; como los atributos de conocimiento, poder y vida. Su distinción racional rigurosa es que es racionalmente imposible describir al Creador por sus opuestos en cualquier circunstancia (no se dice lógicamente: conoce en un tiempo e ignora en otro, o puede una cosa y es incapaz de otra). Estos atributos son eternos con la eternidad de la esencia suprema y son idénticos a ella, estables sin contexto exterior.

Segundo: atributos de la acción (extraídos del efecto exterior)

Son los atributos que la razón no puede concebir ni formular lógicamente sino después de suponer una acción o un efecto que emana de la esencia hacia el mundo exterior y los posibles; como los atributos de creación, sustento, vivificación, causación de la muerte y perdón. Su distinción racional es que es correcto, en la lógica del lenguaje y de la realidad, describir al Creador con ellos y con sus opuestos según el caso y la criatura (decimos: creó esta cosa material y aún no ha creado aquella; sustenta al ser humano hoy y no lo sustenta mañana según Sus leyes).

El vínculo filosófico preciso aquí es que la ocurrencia y el cambio de estos atributos no significan en absoluto un cambio en la esencia divina ni que ella se vea afectada por el proceso y el tiempo; la esencia está trascendida del cambio y del tiempo. El cambio real ocurre en la «criatura, lo hecho y el efecto» exterior, limitado por el tiempo y el lugar. Cuando el sustento y el efecto existen en el mundo material, la razón humana extrae de esa escena el atributo de «Sustentador» o «Creador»; la multiplicidad y la renovación están en las relaciones y las acciones exteriores, no en la realidad de la esencia unificada.


5. La omnipresencia sustentadora y el testimonio racional

El análisis metafísico riguroso termina al determinar la naturaleza y la forma de la relación existencial entre la Primera Causa, el Ser Necesario, y el mundo creado posible, y la manera en que el ser humano percibe y abarca esta verdad divina.

Primero: la omnipresencia sustentadora (ecuación de negación de la mezcla y la separación)

Las filosofías antiguas y modernas cayeron en dos callejones al formular esta relación: si se dijera que el Creador habita en las criaturas y se mezcla con sus partículas materiales (la doctrina de la inherencia y la unión), el Ser divino caería en la trampa del cambio, la materialidad y la fragmentación. Y, por el contrario, si se dijera que está separado de ellas con una separación geográfica y local, aislado en un rincón del cosmos (la doctrina de la separación local o el deísmo occidental antiguo que ve al Creador como el relojero que fabricó el reloj y luego lo dejó funcionar solo), el Creador quedaría limitado por una dirección y necesitado de una dirección que lo contenga.

La solución filosófica profunda que formularon las escuelas de la sabiduría islámica es que la relación se basa en la «omnipresencia y la sustentación». El Creador está presente en cada rincón de la existencia porque es la causa continua de su permanencia y le otorga la vida instante a instante. Para aproximarlo racionalmente: la relación se parece exactamente a la relación entre el alma humana y las imágenes mentales inventadas dentro del intelecto; la imagen mental existe por el alma y la necesita en cada segundo para seguir existiendo, y al mismo tiempo no está separada de ella localmente ni es una parte material que se mezcle con las células del cerebro. El Creador está con las cosas por la emanación de la existencia y la omnipresencia del conocimiento, pero está trascendido de la mezcla material con ellas.

Segundo: negación de la percepción visual y afirmación de la visión cardíaca y racional

Puesto que la visión con el ojo que ve es un proceso físico y mecánico que exige lógicamente la existencia de distancia, dirección, reflexión de los rayos luminosos y límites geométricos del ser visible, ver al Ser Necesario con la vista es racionalmente imposible en cualquier circunstancia, porque afirmarlo significaría afirmar la corporeidad, el lugar y los límites.

La alternativa filosófica equilibrada es el «testimonio epistémico» o lo que en la literatura gnóstica filosófica se llama la «visión cardíaca». Se refiere al desvelamiento cierto y pleno de la verdad existencial ante la conciencia interior humana y la razón pura mediante las pruebas y las verdades de la fe; es una percepción testimonial que supera en fiabilidad a los sentidos materiales manifiestos, que siempre han sido propensos al error, la ilusión y los reflejos engañosos.


Conclusión

La razón humana se detiene en este límite de abstracción filosófica extrema y encuentra que ha trazado un marco trascendente completo y riguroso para los atributos del Creador supremo: un Dios uno no en el sentido numérico matemático, simple sin parte ni composición, cuya esencia es idéntica a sus atributos de perfección, presente en el cosmos con Su omnipresencia y sustentación existencial, no con mezcla material, y percibido por los corazones conscientes y las razones libres, no por los ojos y las vistas limitadas.

Pero, si esta abstracción lógica seca y este análisis filosófico son todo lo que la razón humana ha alcanzado con sus instrumentos de medición y sus conceptos abstractos… ¿se detiene el discurso epistémico en este límite de rigidez?

De aquí surge la pregunta fundamental y la gran transición en la historia del pensamiento: ¿cómo se definió a sí mismo este Dios supremo para el ser humano a través del tesoro de la revelación? ¿Cómo se manifestaron estas profundas cualidades intelectuales y se formularon en el elocuente discurso coránico? ¿Cómo explicó la escuela de () —a través de los sermones del Comandante de los Creyentes Ali ibn Abi Talib (23 a. H.–40 h / 599–661 d. C.) () en Nahj al-Balagha y las orientaciones de los Imames de la progenie— estas complejas verdades filosóficas con un lenguaje que combina la precisión del juez racional y la profundidad del texto religioso transmitido, transformando la abstracción seca en una doctrina viva y palpitante?

El Ser Necesario es uno porque no está limitado; lo que no tiene límite abarca toda la existencia sin repetición ni división.